
De la vocación al descarte:
realidad de postergarse por cuidar
Estudió, se formó y proyectó una carrera en el área de salud. Pero el mandato de priorizar el trabajo de su pareja y la carga de la maternidad la empujaron a la administración y a la precarización. Una historia real para entender que los baches en el currículum tienen explicación de género.
El filtro de la clase y el género: una carrera sacrificada y para pocos
Estudiar una carrera de salud en una universidad pública como la UBA suena a orgullo, pero Marcela pone sobre la mesa una realidad muy cruda de la que poco se habla: el sesgo de clase y género que define quiénes llegan a ejercer y quiénes se quedan en el camino. La lógica del sistema de salud está armada sobre una base de enorme sacrificio y precarización, con muchísimas horas de prácticas y guardias ad honorem (sin cobrar un peso) antes de conseguir un puesto pago. "Para las familias de clase media hacia abajo, sostener eso es una misión casi imposible", comenta.
Mientras que algunos compañeros contaban con el respaldo económico de sus familias para dedicarse exclusivamente a estudiar y hacer guardias gratis, ella tuvo que trabajar durante toda la carrera para subsistir. El tiempo y la energía no son los mismos cuando se pedalea el día a día. Pero el filtro final no es solo económico, sino también de género: al mirar quiénes de su camada lograron asentarse y vivir hoy de la radiología, Marcela nota con claridad que fueron mayoritariamente sus compañeros varones. Para las mujeres, la falta de redes, las condiciones de explotación horaria del sector privado y la desigualdad de oportunidades terminan funcionando como una barrera invisible que las empuja a aceptar cualquier puesto de trabajo, devaluando su título universitario.
El muro de la obsolescencia: estudiar una carrera de nuevo
Intentar recuperar el tiempo perdido y volver a conectar con la salud siendo más grande se convirtió en una misión utópica. Marcela intentó reinsertarse en su rubro, pero las lógicas de un mercado privado que exige guardias eternas y jornadas de explotación física se volvieron completamente incompatibles con el cuidado de sus hijos. Sin redes de contención ni flexibilidad, la trampa del sistema la obligó a retroceder.
"Hoy en día, intentar sumarme a trabajar de lo que estudié es casi imposible", explica con total realidad. La radiología digital y los sistemas de diagnóstico modernos avanzaron a pasos agigantados, dejando muy atrás las herramientas con las que ella se formó en la UBA. Reinsertarse en ese sector hoy no implica simplemente hacer un curso corto de actualización o "aggiornarse" un poco; la brecha es tan grande que, para volver a subirse a esa maquinaria, tendría prácticamente que hacer la carrera de nuevo desde cero. Este testimonio también desarma en parte la falsa promesa del mercado de que "los títulos universitarios son para toda la vida", demostrando que si el sistema te obliga a frenar para cuidar, el propio avance tecnológico te termina cobrando una multa de exclusión que es dificilísima de remontar a los 50 años.
"No posterguen su propio crecimiento"
El cierre de la charla con Marcela nos deja una de las reflexiones más potentes y necesarias de toda la sección. Lejos de romantizar el sacrificio familiar o mirar hacia atrás con una resignación pasiva, ella decide capitalizar su experiencia para transformarla en un consejo vivo, un cable a tierra para las generaciones de mujeres que vienen detrás.
Con total honestidad, se mira a sí misma y planta una bandera de advertencia: su recomendación para las mujeres actuales es que nunca deleguen ni posterguen su propio desarrollo profesional en función de su pareja. El mandato cultural e histórico que empuja a las madres a dar el "volantazo" laboral para quedarse cuidando mientras el varón avanza en su carrera es una trampa a largo plazo. Cuando los años pasan y el mercado laboral formal te exige una capacitación constante y sin baches, haber quedado fuera del circuito por priorizar las necesidades del hogar te deja en una situación de absoluta vulnerabilidad. El mensaje final de Marcela en esta catarsis colectiva es un grito de amor propio y equidad: el cuidado de la familia se comparte, pero el crecimiento y la dignidad profesional de una mujer se priorizan siempre.
¿Por qué el sistema castiga la maternidad obligando a las mujeres a elegir entre cuidar o facturar? ¿Hasta cuándo el mercado va a seguir ignorando los títulos de las mujeres adultas bajo la excusa de la disponibilidad horaria? En este espacio la voz de Marcela nos demuestra que quedarse sin el trabajo deseado a los 50 no es un fracaso individual, sino la consecuencia de un sistema que se sostiene gracias al sacrificio invisible de las madres.
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